Nunca fui modelo. No me da el físico, ni la altura, ni la cara, ni la sonrisa. Y tampoco la actitud.
Pero con tanto cambio de trabajo y principalmente tanto cambio de rubro, tuve muchos jefes y relaciones muy distintas con cada uno de ellos. Tanto que, hasta me casé con uno. Pero créanme que los que abundan son los malos jefes. Hoy les voy a contar la historia de uno de ellos.
Y enojada soy una muy fea versión de mi. Me pasa algo de lo que me avergüenzo un poco, pero que voy a compartir acá. Cuando me enojo quiero mostrarle al otro su estupidez. No quiero ganar la discusión, no quiero imponer mi idea, nada de eso. Quiero que el otro vea, reconozca y entienda que es un ser estúpido, tonto, haciendo cosas igualmente estúpidas. Quiero que el otro se asuma un tarado. Y eso no pasa jamas. El tonto no tiene conciencia de enfermedad. Esos enojos, esos vómitos de verdad no sirven para nada. En estos casos aprendo mucho de ver como todos los que lo rodean, aun sabiendo que ese tipo es un tarado, no le dicen nada, no van por la vida haciéndoselo saber a cada rato. No es necesario ni tiene sentido.
Ahi descubro que tengo que dejar de regalar mi inmediatez. Siento que a veces regalamos esos intangibles. Los enojos son una reaccion inmediata, pero hay otras muy superiores como la risa, un chiste, la ironia, que solo hay que regalársela a quien vale la pena y no a los mediocres.
Pero no puedo controlarlo. Siento que, como dice la frase, lo único que necesita el mal para triunfar es que los buenos no hagan nada. Y un tarado al mando de todo un servicio y tomando decisiones es fatal, deletereo. Y me enojo.
Dicen que las masas revolucionarias nunca perdonan la cobardía y la traición. Y este jefe que les digo, un pusilánime de diccionario, se hacía el proletario y pateaba para la patronal. Y a mi me sublevaba. "Andá, rogale a San ANSES que te salgan los papeles de la jubilación", le grite un día. Y ese fue mi ultimo día de trabajo con jefes que no valen la pena.